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Los elementos de esta sección (publicados por la Fundación Utopía Verde entre los años 1998 y 2013) están pendientes de revisión actualizadora: más información.

Impresiones de Felipe Nevado Francisco

Hasta la Meca de los Hipis.

Una semana de locura en ruedas: pedaleo durante el día, juerga al llegar la noche. Cosas de Manolito Gualda. Años dándole a las bielas y, por detrás, el flipao del Felipe: otros tantos años sin montar en bicicleta. Así, que no decaiga el ritmo. Tras una semana de viaje por arenas y peligroso asfalto hemos logrado poner una cosa en claro para el resto de veraneantes: conseguimos hacer un viaje insólito: de Huelva a Caños de Meca (Cádiz) pasando por Doñana. A veces, una pesadilla; a ratos, una alta imaginación; las más, un viaje de puta madre.

La arena se traga las ruedas de las bicis. Vamos con la marea baja; aún así, nos seguimos clavando. Doñana empieza en Huelva capital, pero lo denso del parque se encuentra entre Matalascañas y Sanlúcar de Barrameda. Una treintena de kilómetros de playa con un tráfico definido: mariscadores de la chirla -copan la playa de un extremo al otro en las horas de marea baja- y turistas sobre furgonetas llevados a toda ostia de una punta a otra por los encargados del parque.

La playa de Doñana está tan sucia como cualquier otra; o peor: allí no hay contenedores ni quien recoja botellas mil, plásticos, cartones, etcétera. Ya se sabe, el mar no distingue entre territorios y lo mismo escupe sobre Doñana que en la cara del más feo. Aún así, un lujo.

La noche es la hora sagrada del parque. Merodeadores acechan a los intrusos. Una noche alguien estuvo contorneando sobre la ilegal tienda de campaña: las pisadas a cuatro patas sobre la superficie lisa de la arena le delatan. Pasar las horas del día en territorio virgen, a la espera del cambio de marea, tiene sus inconvenientes. Apenas hay sombra en las proximidades de la costa. Habrá que improvisar un amago de jaima. No queda mal, y da estupendos resultados para pasar el resto del día. No hemos traído armas de caza, tampoco son recomendables. Frutos secos y tabletas enriquecidas dan el avío. El agua hay que controlarla.

Que no se olvide el dinero. Pasar en una barcaza cutre el Guadalquivir para salir del parque y llegarse hasta Sanlúcar (Cádiz), un sablazo: mil pelas por persona y bici. Eso es aprovecharse.

La guerra contra los vehículos se hace de nuevo una jodida pesadilla. Los malos tragos empezaron a la salida de Huelva: cruzar el puente sobre el Tinto, con el viento en contra y sin arcén, es para cagarse. El triunfo para el cicloturista es el carril-bici (¡Ya!). De Mazagón hasta Matalascañas, flipas. Primero por carriles con la suficiente capa de asfalto y una adecuada señalización; luego, también por carril exclusivo, pero ya sobre tierra. Da igual, hasta aquí hemos triunfado.

Lo jodido empieza en Cádiz, camino de la Meca. No hay forma de salirse de las vías acojonantes para coches. Te la juegas, y si te sopla el viento de costado, agárrate al manillar como puedas que te arrollan los que pasan a toda ostia. Hasta Rota -camping de Punta Candor- por asfalto de ricos. Y de aquí, bordeando las miles de hectáreas de las bases militares, hasta San Fernando, en un trayecto combinado. Unos 4 o 5 kilómetros antes de esta última surge el remanso de un carril-bici paralelo a la vía de automóviles. De puta madre, es cuesta abajo y el firme se encuentra en muy buen estado. Lo peor (¡ojo!) son las rotondas: hay un montón, aunque bien señalizadas.

Más asfalto. Esta vez con un margen de arcén respetable. Enfilamos camino de la Meca dispuestos a tragarnos los más de 100 kilómetros que nos separan. El tiempo se nos agota y hay que darse la juerga los pocos días que restan en el paraíso de la permisividad: el Camaleón.

Puerto Real, Chiclana, Conil y, al final, Los Caños. Saludo con cerveza y maría en los bares del final que dan a la playa, y en busca del Camaleón. "Señoras, no sé si conocen este camping; desde luego, no es el mejor para descansar y estar tranquilos". Así de clarito lo suelta la recepcionista a dos cuarentonas que vienen a acampar. No se equivoca ni en una coma. Otra vez la ostia. Se acampa donde se puede y como se quiere; no hay que bajar el volumen de la música a ninguna hora; los aseos; aunque escasos, tienen la ventaja de ser unisex; y la fiesta no cesa nunca. De puta madre tío; pero estamos reventados y no hay quien se mueva. Seguro que el griterío y el jolgorio no paró en toda la noche. Qué importa, ni caso; estamos que hasta el persistente reguero de voces es un bálsamo. Bien hasta mañana.

Sorpresas continuas en el camping; todas muy favorables. Por la noche hay música en directo. y, por la mañana, se desayuna con pitillo en mano y escuchando a Manu Chao: ¿hay quien dé más?.

Todavía nos esperaba un pequeño infierno sobre la bici. En la Meca -como debe ser- no hay bancos, no hay cajeros, ni quien te preste un duro. Lo más cerca Barbate. Para morirse. Siete kilómetros bordeando los acantilados; y, castigando, el Levante. El único consuelo: la vuelta nos traerá sobre el viento. Los autos te pasan cerca, pero que muy cerca. Carretera estrecha y sin un puto arcén. Queda en el recuerdo, si consigues pasar el trance: ¡que la suerte te acompañe!

Domingo. Vuelta. No hay tiempo para hacer todo el trayecto en bici. La solución pasa por llegar hasta San Fernando y subirse al primer tren con destino Sevilla. De aquí, a Huelva en otro. Los trenes regionales y de cercanías tienen un espacio reservado para bicicletas -RENFE dixi-, pero es tan ínfimo que el día en que todos nos decidamos a viajar en ellas más de un revisor de trenes se va a acojonar. ¡Que yo lo vea!.

Trescientos y pico de kilómetros en una semana. Cargados hasta los hombros con todo el equipaje necesario. Una semana más tarde no podía ni moverme. Salud para otra.