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Nota importante

Los elementos de esta sección (publicados por la Fundación Utopía Verde entre los años 1998 y 2013) están pendientes de revisión actualizadora: más información.

Acueducto romano subterráneo

Recorriendo las entrañas de los Cabezos del Conquero.

INTRODUCCIÓN

Bajo los Cabezos del Conquero, en pleno Pulmón Verde de Huelva, se encuentra una joya de la arquitectura romana. Efectivamente, excavado bajo los cabezos se encuentra un magnífico acueducto subterráneo, construido por los romanos para captar las aguas del acuífero del Conquero y transportarlas hasta el lugar deseado. Esta maravilla de la ingeniería fue construida en el siglo I, fue la principal fuente de abastecimiento de agua de la ciudad de Huelva hasta el siglo pasado y siguió utilizándose ordinariamente hasta principios de este siglo. Hoy, a pesar de su desuso y abandono, aún drena 30.000 litros de agua diarios.

Principales características

El agua que circula por el Acueducto romano de los Cabezos del Conquero no procede de manantiales, sino de un acuífero situado bajo los cabezos que drenan el agua a través de galerías de captación que, al mismo tiempo, sirven para conducirla al lugar deseado.

Esta conducción se ensanchaba en diferentes puntos de su recorrido, formando pequeños habitáculos que debían servir como depósitos de agua en momentos de mayor caudal. Uno de éstos es el que se encuentra en la Fuente Vieja.

El trazado hasta ahora conocido es de única galería, si bien, dado que el agua proviene de un acuífero situado con mayor capacidad hacia el Este, no se puede descartar la posible existencia de galerías transversales a la principal, que ayudaran a una mayor captación de agua.

La propia naturaleza de la construcción hace que las tareas de limpieza hubieran de realizarse de forma continua, ya que el proceso de filtración motiva la existencia de un sedimento que va taponando la propia conducción.

Conociendo el trazado del Acueducto (que, probablemente, comenzaría junto al actual Santuario de La Cinta y finalizaba en el cabezo de San Pedro), la única zona que tendría que salvar la conducción por encontrarse el terreno por debajo de la curva de nivel de los 20 metros, sería el correspondiente al actual Paseo de Buenos Aires. Sólo en este punto pudo haber existido un pequeño tramo aéreo para mantener dicha conducción en la misma curva de nivel.

Caudal

Aunque no resulta fácil precisar los volúmenes de agua que transportaría esta conducción subterránea, la Empresa Municipal de Aguas de Huelva la estima en un mínimo de 100.000 o 200.000 litros diarios (al menos los años de cierta lluvia), sin pasar probablemente -salvo quizá en algunos años muy lluviosos- de los 500.000 litros/día (tope éste que corresponde a una infiltración neta de 100 mm de lluvia sobre una extensión del orden de las 200 hectáreas -aproximadamente la zona de carga del acuífero-).

No obstante, hay que resaltar que ésta es una evaluación aproximada, que carece de rigor científico. Para poder ofrecer unas cifras más fiables, sería necesario un estudio más profundo que estimara la potencia y extensión del acuífero, su porosidad, el gradiente hidráulico, la zona de recarga y otros factores que hoy no se conocen con precisión.

DESCRIPCIÓN DE LA GALERÍA

De las posibles galerías antiguas que captaban y conducían el agua a la ciudad, el único tramo que se conoce con exactitud se encuentra en la zona denominada Fuente Vieja. En ella se ha podido descubrir un tramo de unos 125 m. Actuamente, el acceso a la galería se hace a través de la propia Fuente Vieja, lugar que recibe este nombre porque hasta hace pocos años había una fuente con dos caños permanentes de agua.

Cámaras de nivelación o depósitos

La conducción en la Fuente Vieja se ensancha formando un pequeño habitáculo de 2´50 por 1´80 m. con una altura máxima de 2´40 m.

La pared posterior está realizada con bloques de arenisca de mediano tamaño unidos sin argamasa. Junto a la pared posterior y a ambos lados se abren unos vanos rectangulares de 1´30 m. de alto por 0´40 m. de ancho, realizados en la misma piedra arenisca de la cámara, que sirven de acceso a la galería.

En todo el tramo descubierto es ésta la única cámara encontrada, aunque hay noticias, por un obrero que trabajaba en la conducción hace algunos años, de que bajando por el respiradero situado en las inmediaciones del repetidor del Conquero y en dirección Sur había otra similar a la descrita.

Galería

Discurre en sentido Norte-Sur, perforando los Cabezos del Conquero en la curva de nivel de los 20 m. El recorrido es prácticamente horizontal y el trazado en la zona estudiada rectilíneo, con dos puntos donde se rectifica levemente la orientación.

Las dimensiones de dicha galería son reducidas, de 0´40 m. de ancho por 1´25 m. de alto, y muestra dos técnicas constructivas diferentes; una adintelada y otra abovedada.

La primera se encuentra junto a la cámara de nivelación, a ambos lados de la misma. Las paredes están hechas con ladrillos y el techo con lajas de pizarra. En la parte norte, donde ocupa mayor longitud, las lajas se van solapando, reduciendo la altura de la galería.

La técnica abovedada se utiliza en la mayor parte del recorrido. En este caso la cubierta se hace con ladrillos. Por último, hay que mencionar que la galería se encuentra cubierta por una capa de concreción calcárea que a veces resalta formando alineaciones.

Lucernarios o respiraderos

Como sistema de ventilación y acceso a la galería se utilizaban unos pozos que, excavados desde la superficie llegaban perpendicularmente a ella. Su diámetro es de 0´60 m. aproximadamente y la altura dependerá de la cota que tenga el cabezo en ese punto.

Tienen forma rectangular de 0´45 m. de ancho por 0´70 m. de largo y una altura de 0´95 m., a partir de la cual se hace circular sin que podamos precisar hasta dónde están forrados de ladrillos ya que se encuentran colmatados por escombros.

En relación con los respiraderos hay que situar un pozo que en la actualidad es visible desde la calle Aragón, a la altura de los solares 8-14, que perfora el cabezo de San Pedro. Cuando estos pozos se realizaban desde la superficie solían tener una protección a modo de brocal realizado con ladrillos de forma trapezoidal. En la actualidad no se conserva ninguno, pero se sabe de su existencia por fotografías.

LA FUENTE VIEJA

La Fuente Vieja tiene su origen en un ensanchamiento de la conducción del Acueducto romano de los Cabezos del Conquero. En este punto se hizo un pequeño habitáculo para que sirviera como depósito de agua en los momentos de mayor caudal del citado Acueducto.

La apertura como fuente debió realizarse en un período posterior a la construcción del Acueducto, en un momento en el que el agua llegara con dificultad a la ciudad por encontrarse en estado ruinoso la galería en su tramo final -más al Sur-.

Caudal

Actualmente, la Fuente Vieja drena un caudal aproximado de 30.000 litros diarios de agua. La galería está bastante obstruida, no llegando prácticamente agua por el brazo norte. Además, la zona urbana actual es menos permeable que hace unas décadas, por lo que la filtración a través del terreno -que carga el acuífero- aporta sólo una fracción relativamente reducida del macizo poroso.

CRONOLOGÍA

Por los datos aportados, estamos ante una obra de gran envergadura, tanto por el recorrido que debió ocupar, como por el buen conocimiento de los sistemas de captación de aguas que sus autores demostraron tener. Por estas razones, los historiadores siempre se habían preguntado quiénes serían los autores de esta construcción y cuándo tuvo Huelva la demanda necesaria y los medios suficientes para realizarla.

Con anterioridad a la época romana, no conocemos en la Península Ibérica ninguna construcción de similares características. El abastecimiento de agua se realizaba mediante pozos, manantiales y a través de la recogida de agua de lluvia.

Sabemos que los romanos poseían conocimientos suficientes para llevar a cabo obras de esta magnitud, tales como la realización de pozos y galerías, tanto para la extracción de mineral como para obtener agua. De forma genérica son comunes en la Bética las conducciones romanas con la tipología de galería de bóveda de cañón.

Se sabe también que este sistema de captación era conocido en el mundo árabe desde la época medo-persa, recibiendo estas galerías el nombre de "qanat". Sin embargo, parece evidente que gran parte de las conducciones subterráneas que en la España árabe estaban en uso aprovechaban las antiguas obras romanas.

Que esta obra hidráulica fue realizada en época romana-imperial, coincidiendo con el período de mayor esplendor de la Onuba romana de mediados del siglo I hasta principios del siglo II de nuestra Era, lo confirman las dataciones de dos de las muestras enviadas para su análisis por termoluminiscencia procedentes de los paramentos verticales de la galería.

Posteriormente, en época medieval, debió llevarse a cabo el arreglo de parte de la cubierta, haciéndola abovedada. Alguno de los ladrillos analizados pertenecientes a esa zona nos confirman su cronología en torno a la segunda mitad del siglo XI.

LA PRIMERA ETAPA DOCUMENTADA:
Desde los primeros testimonios hasta finales del Siglo XVI


Desde épocas aún hoy desconocidas y hasta fechas relativamente recientes, todo el abastecimiento de agua de Huelva giró en torno a un acueducto subterráneo cuyas proporciones asombraron a quienes desde el siglo XVII trataron de él y lo describieron.

Las transformaciones operadas en el siglo XX en cuanto a las formas de la traída y el consumo de agua en la población, y el definitivo arrinconamiento de esta galería a efectos prácticos, han terminado haciendo desaparecer de la memoria colectiva de los onubenses la enorme transcendencia que hasta esos momentos había tenido el acueducto en el desarrollo histórico de Huelva.

Era muy llamativo que una localidad como Huelva, que contaba con unos 5.000 habitantes a finales del siglo XVIII, contara con una obra pública de tal envergadura y presumible antigüedad.

Excavado en los Cabezos del Conquero, probablemente desde las inmediaciones de la ermita de la Virgen de la Cinta, su galería consistía en una conducción de cantería o de mortero por la que circulaba el agua, coronada por una bóveda de ladrillos sin mezcla a través de la cual recibía la filtración del acuífero del cabezo. Quiere esto decir, que el acueducto no conducía el agua desde un manantial específico, sino que generaba el propio caudal que distribuía en un sistema de autoabastecimiento de evidente complejidad técnica. En suave aunque variable pendiente hacia el casco urbano de Huelva y ensanchado regularmente por depósitos de agua que servían para su limpieza, el acueducto recorría los Cabezos del Conquero y llegaba a la villa de Huelva por la calle de San Andrés, abandonando probablemente entonces la forma de galería de captación de aguas y conduciendo su suministro a través de atanores hacia la fuente de la Plaza de San Pedro y, posiblemente, más allá.

Sin embargo, este eje longitudinal no conformaba la única estructura subterránea del acueducto. En realidad, la galería principal del Conquero recibía también el aporte de ramales transversales que, por la derecha y por la izquierda, captaban igualmente el agua conduciéndola al canal central. Este complicado esquema en parrilla minaba prácticamente la totalidad de los Cabezos del Conquero y se hacía notar en superficie por las numerosas lumbreras o bocas que se distribuían regularmente por los cabezos, permitiendo el descenso a las galerías.

No existen noticias escritas que puedan informarnos con inmediatez de los orígenes históricos del acueducto ni que nos acerquen a una datación suficiente. Que, en plena Edad Media no sólo existían ya las galerías sino que parece que se atribuían a tiempos antiguos, lo sabemos por una descripción árabe de Huelva (referencia ésta que no es posterior al siglo XV).

El propio Ayuntamiento de Huelva decía en 1691 que estas cañerías venían por debajo de tierra.

De cualquier modo, lo interesante fue comprobar que, taponado el acueducto en algún punto de su recorrido, ya en 1515 se trataba en los plenos municipales de su limpieza y del reparo de una de las fuentes a las cuales conducía el agua. La fuente pública que debía ser arreglada era la de la Plaza de San Pedro, principal surtidor que hasta mediados del siglo XVIII -en que prácticamente quedó inutilizado- alimentaba la conducción.

Aunque la de San Pedro fue a lo largo de la Edad Moderna la fuente por excelencia de Huelva, no sólo era ella la que recibía en el siglo XVI el suministro del acueducto subterráneo. Partiendo del inicio de la galería en los Cabezos del Conquero, la primera salida de agua controlada se encontraba en la propia ladera de los cabezos, en una caja de agua que tradicionalmente recibió el nombre de Fuente Vieja. Desde allí, la conducción se dirigía a la fuente de la Plaza de San Pedro para surtir otra fuente que estaba en la calle Palacio y llamaban Fuente Nueva o Fuente de la Alcoba.

La Fuente Vieja siempre manó agua más intensa y continuadamente que la de San Pedro, hecho comprensible si se tiene en cuenta su mucha mayor proximidad a los focos de captación en El Conquero. En realidad el tramo subterráneo en el que más regularmente se producían taponamientos y llegaba a cegarse fue el que conducía de la Fuente Vieja a la de San Pedro.

En cuanto a la Fuente Vieja, es indudable que en épocas de sequía de la fuente de San Pedro, sirvió de principal suministro de agua a la población y podemos aventurar que su misma construcción se realizó como garantía de abastecimiento en tales épocas. Lo decimos porque en realidad la Fuente Vieja no parece ser más que la habilitación como surtidor de uno de esos depósitos que ya vimos que se encuentran repartidos a lo largo del acueducto y que servían como habitáculos de limpieza y descanso de las aguas.

Es posible, que toda la zona regada de la Vega y San Sebastián (a derecha e izquierda del eje del acueducto), principales extensiones hortofrutícolas de Huelva, dependieran muy estrechamente del acueducto a través de los caños transversales.

SIGLO XVII

En este siglo, la opinión erudita más difundida situaba a Onuba en el emplazamiento físico de Gibraleón, relegando a Huelva a jugar un papel muy secundario. No parecía tener sentido que una infraestructura de esa magnitud pudiera tener datación romana, dado que era presumible que no existiera entonces suficiente población para justificarla.

Cuando Antonio Jacobo del Barco propusiera un siglo después la identificación de Onuba con Huelva, el acueducto pasaría automáticamente a ser uno de los argumentos arqueológicos de mayor peso en la reivindicación. De momento, sin embargo, con Onuba identificada provisionalmente con Gibraleón, nadie había ensayado datación alguna sobre esta galería.

A finales del siglo XVII, el Ayuntamiento de Huelva aludía a la falta de agua general y al deterioro de un acueducto cuyas galerías y lumbreras habían carecido de la limpieza y regular retirada de escombros. Así, desde 1671 a 1691, por falta de recursos municipales, el acueducto había quedado abandonado a su suerte. Lo que ahora se planteaba, era sustituir la forma de financiación de las obras a partir de aportes extraordinarios por un recurso de entradas económicas que garantizaran la limpieza anual de las galerías, cobrando, según quería el Ayuntamiento, un impuesto sobre el pescado. En realidad, vista la sequía que venía sufriéndose desde hacía unos años, no parece que la población tuviera otra alternativa que plegarse ante la iniciativa municipal, siendo probable incluso que la medida resultara a la postre más barata que la compra del agua traída a la villa en carretas y barcos.

De cualquier modo, por los escasos resultados que se obtuvieron a medio plazo, no creemos que estos ingresos permanentes terminaran asegurando el mantenimiento de la galería.

No tenemos noticia de que se obligara a los propietarios de las tierras de los Cabezos del Conquero a quitar y desenraizar las viñas y árboles plantados sobre la vertical del acueducto. Sólo en 1772, un siglo después, se llegó a intervenir contra dichos propietarios.

SIGLO XVIII

Como consecuencia del terremoto ocurrido en 1755, las galerías del acueducto se vieron sensiblemente afectadas, produciéndose una paulatina disminución del caudal de la Fuente Vieja, de modo que se hizo necesario buscar otras formas sustitutorias de abastecimiento.

La noticia del colapso del acueducto subterráneo cruzó incluso el Atlántico y llegó a oídos del presbítero natural de Huelva Diego Márquez Ortiz, primer capellán, vicario y juez eclesiástico de San José de Juscarái, en Honduras, que decidió velar por la cañería onubense y legar para su reparación un total de 2.000 pesos. Si la noticia de la muerte de Márquez Ortiz había tardado en llegar a Huelva casi dos años completos, otros dos años iba a tardar en llegar el dinero. Después de innumerables trámites burocráticos en los que se disolvió la mayor parte del caudal del presbítero, la casa de la contratación de Cádiz informaba por escrito al Ayuntamiento de Huelva de la disponibilidad del dinero.

En 1772 el cuñado del presbítero dirigió los trabajos de reconocimiento de las galerías del acueducto y reconstruyó las partes deterioradas, limpió de barro y tierra todo el cañón de la conducción, arregló las lumbreras, devolvió la corriente a la fuente de la Plaza de San Pedro y, no contento con eso, la condujo por tuberías hasta una flamante pila de mármol con sus caños de bronce situada en la Plaza de San Juan, ahora llamada Plaza de las Monjas. Gracias al dinero de Diego Márquez y al frenético trabajo de su cuñado, la galería volvió a conducir agua al casco urbano de la villa después de casi veinte años y el Ayuntamiento tomó plena conciencia, si es que no la tenía ya, de la verdadera entidad de la cañería subterránea.

Lo cierto es que tanta abundancia tenía en 1772 la Fuente de la Plaza de San Pedro que el agua rebosaba de la pila y circulaba (es de suponer que canalizada) por varias calles de la villa, pues ya sabemos que el Consistorio decía en ese año: "Se derrama y corre por las calles en bastante caudal, de forma que, sin dispendio alguno, los vecinos pobres por donde pasa dicha agua la recogen en sus casas y usan de ella para bebida y aseo de sus ropas y la sobrante la utilizan varios hortelanos para la crianza de sus legumbres".

Sólo dos años duró esta abundancia pues a pesar de los esfuerzos tardíos de Ayuntamiento, el acueducto se encontraba ya irremisiblemente dañado. No puede decirse que los 2.000 pesos de Diego Márquez se esfumaran completamente en este plazo, pero el hecho es que, en agosto de 1774, el Ayuntamiento hacía constar en acta la total sequedad de la fuente de la Plaza de las Monjas y denunciaba las acciones de los propietarios de los Cabezos del Conquero respecto de las lumbreras existentes en sus tierras.

Durante todo el siglo XVIII (así como durante casi todo el siglo XIX y parcialmente en las primeras décadas del siglo XX), el acueducto fue el soporte fundamental del suministro del agua de Huelva y, si bien la fuente de la Plaza de San Pedro y la de la Plaza de las Monjas presentaron en adelante frecuentes intermitencias, la Fuente Vieja siempre mantuvo el foco de agua más caudaloso y constante con el que pudo contar la localidad hasta fechas relativamente recientes.

Por eso, no parece desproporcionado afirmar que el acueducto subterráneo de Huelva fue la obra de infraestructura más sólida, singular y de mayores alcances con la que contó la ciudad y, sin duda, por la importancia del abastecimiento que aseguró, la más insustituible.

Es bien conocido el poderoso influjo que el abastecimiento de agua (en cantidad y calidad) ejerció sobre las cifras de mortalidad de la sociedad del Antiguo Régimen y no resulta difícil mantener que, gracias al acueducto, la villa onubense fue en términos comparados una de las que mejor salud pública presentó en el entorno.

No cabe duda de que Huelva permaneció ajena durante bastante tiempo a los graves problemas de insalubridad de otras villas, pues sul acueducto tenía fama de dar muy buena agua. De todos modos, no todas las aguas circulantes por los Cabezos del Conquero debían presentar la misma salubridad. Precisamente en el entorno del acueducto y en los parajes de mayor concentración de sus lumbreras existían ciertas corrientes de agua herrumbrosa que se destilaban por varios canales a una calleja que está en el Valle de las Minas y viene de los cabezos de la Fuente Vieja. No obstante, estas aguas sulfatadas o teñidas no parecían enturbiar la calidad del agua.

Sabemos, por otro lado, que en períodos normales el exceso de defunciones estivales y otoñales se explicaba por la grave incidencia en el pasado de las enfermedades digestivas en la época de los fuertes calores, asimilables a los problemas hídricos y manifestadas en graves diarreas y disenterías.

Si fue o no fue el acueducto y la relativa facilidad del aprovisionamiento de agua lo que produjo este positivo efecto en la salud pública onubense es difícil demostrarlo, pero resulta evidente que al mitigar uno de los problemas más graves que tuvo la sociedad del Antiguo Régimen, el acueducto mantuvo en la población onubense un protagonismo que hoy quizás estemos lejos de comprenderlo del todo. Una obra tan emblemática como ésta, forzosamente marcó la vida de los onubenses, acompasándola con las crecidas y los estiajes de su caudal y adaptando a su presencia los rasgos de la sociabilidad colectiva. Abandonado por la introducción de modos industriales en el suministro de agua, supuso para la población un verdadero cambio de época.

SIGLO XIX

Escasa, disputada y no siempre en buenas condiciones de salubridad, el agua no dejó de ser un problema recurrente para los onubenses con la llegada de la contemporaneidad. A principios del siglo XIX, las fuentes de abastecimiento seguían siendo prácticamente las mismas que habían proporcionado el suministro a la villa de Huelva durante los últimos siglos: el abastecimiento fundamental de la población continuaba procediendo de las aguas del acueducto que venían a desembocar en la conocida como Fuente Vieja.

Situada en la ladera occidental de los Cabezos del Conquero, esta fuente constituía en esos años el único punto efectivo de provisión para el vecindario, de ahí que su exiguo caudal fuese objeto, frecuentemente, de una verdadera sobreexplotación e incluso motivo de alguna que otra disputa entre vecinos. Así, en 1828, el Ayuntamiento avisaba de que el agua fluía de la Fuente Vieja demasiado turbia y contenía miasmas que de ningún modo podían producir beneficios a la salud pública.

En este sentido, las órdenes municipales resultaban expeditivas: bajo multa de cuatro ducados, los aguadores sólo podrían tomar su carga desde la salida del sol hasta las nueve de la mañana, quedando a partir de esa hora la fuente para uso exclusivo de los vecinos que acudiesen a ella sin ánimo de lucro y viéndose obligados aquéllos a realizar su comercio durante el resto del día con el agua comprada en los pozos de los particulares.

Dos razones parecen estar en la base de estas tajantes decisiones: la primera y más evidente, regular el consumo de una sustancia tan vital y escasa como el agua y, la segunda, evitar la especulación en un abastecimiento que, por su necesidad e insuficiencia, venía convirtiéndose en un auténtico negocio para los aguadores. Sin embargo, ambas razones acababan implicando también cierto deseo de controlar el orden público, puesto que la Fuente Vieja se convertía de ordinario en un foco de enfrentamientos y disturbios entre quienes acudían para su propio abastecimiento y quienes lo hacían con vistas a la comercialización del producto.

Pero si quejas había despertado la competencia entre vecinos y acarreadores, más enconados conflictos debió desatar la política restrictiva del Ayuntamiento respecto del oficio del agua cuando, incluso diez años después, el gobernador civil seguía pidiendo explicaciones al alcalde en relación a las disputas que surgían cada día en torno a la Fuente Vieja.

Así, el Ayuntamiento se vió obligado a adoptar una disposición preventiva como la de establecer a un guarda en la Fuente Vieja para que cuidara del aseo y limpieza de la misma y evitase todo desorden que pudiera ocasionarse. Sin embargo, este tipo de medidas paliativas de nada podía servir si no se encaraba frontalmente la raíz del problema, es decir, la inexistencia de suficiente caudal en la fuente y lo que ésto suponía: la necesidad de realizar importantes obras en el acueducto que conducía las aguas hasta ella.

La Diputación seguía recibiendo denuncias acerca de la forma en que algunos vecinos extraían el agua del acueducto por diversos pozos no autorizados, obstruyendo premeditadamente su curso, perjudicando así la afluencia hacía la fuente. Ante la llegada del verano y la previsible sequía, el gobernador recomendaba que se enviase algún sujeto de inteligencia y confianza para que reconociese el curso de la galería y detectase aquellos puntos en que las aguas eran detenidas.

La desviación forzada de las aguas del acueducto para el consumo y riego de los huertos por donde éste pasaba había sido una constante durante toda la modernidad y continuaba siendo, ya en pleno siglo XIX, causa del deterioro de su obra y un motivo más para quebrar la cabeza de las autoridades.

Ahora bien, no todas las carencias del suministro podían atribuirse a estos comportamientos furtivos. También resultaba responsabilidad ineludible de las autoridades locales el no acometer periódicamente las obras de limpieza y mantenimiento que una construcción como el acueducto exigía por su propia naturaleza y antigüedad. Habida cuenta el déficit continuo que experimentaron las arcas municipales durante la mayor parte del siglo XIX, es muy posible que no siempre fuera la dejadez o el descuido del Ayuntamiento lo que ocasionara el abandono de las obras, pero no deja de ser cierto que nunca existieron en el municipio partidas presupuestarias regularmente dedicadas a la conservación de las galerías y cañerías.

Así las cosas, fue habitual que las obras sólo se ordenaran cuando la necesidad de agua se hacía especialmente apremiante o cuando su mal estado amenazaba con provocar graves daños para la salud de la población. Esta última fue, de hecho, la razón que motivó en Febrero de 1843 que se destinara algún dinero para reparar la Fuente Vieja. El Ayuntamiento decidió enladrillar el suelo de la citada fuente y abrir un conducto por donde desaguase el lodo ocasionado por los mismos individuos ya citados.

Las autoridades pretendían demostrar su preocupación por el abastecimiento con mejoras parciales y popularizando sus esfuerzos al convertir en una verdadera fiesta local la inauguración de alguna fuente o la realización de alguna obra puntual en la precaria red de suministro de la villa.

Ahora bien, este uso político de un elemento tan imprescindible como el agua no conseguía ocultar la que, sin duda, venía siendo una de las peores lacras en la gestión de las autoridades: la ignorancia acerca de la estructura, trazado, funcionamiento y peculiaridades del acueducto del Conquero. Sin temor a error, puede decirse que, a finales de la década de los setenta, de la antigua conducción sólo se conocían referencias indirectas y parciales, generalmente transmitidas por la tradición oral o reiteradas sin comprobación alguna en las pocas publicaciones que sobre la Historia de Huelva se habían escrito hasta ese momento.

Una de las mejores descripciones del acueducto con que contamos y que atribuye su construcción a los romanos es la obra de Baldomero Lorenzo titulada "Onoba Listuaria", a la que pertenece el siguiente extracto: "Su forma es abovedada, está construida con ladrillos cuneiformes, y toda ella en seco o sin cemento, para facilitar la filtración de las aguas entre los ladrillos. Su altura va deprimiéndose a medida que avanza en su dirección al Santuario de Nuestra Señora de la Cinta. Esta galería principal se bifurca en algunos sitios para buscar, en las cañadas que forman las ondulaciones del terreno, nuevos cauces de filtración. Según la tradición, estos caudales de agua se enriquecían con los riquísimos que le enviaba la inmediata villa de Gibraleón por medio de atanores, cuyos restos se descubren con frecuencia en las labores de los terrenos". (No eran pocos los onubenses que consideraban que la mengua de los caudales del acueducto se debía a que los vecinos de Gibraléon habían cortado las conducciones entre éste y el manantial que lo alimentaba).

Siguiendo con el texto, Baldomero Lorenzo y Leal nos narra que las aguas llegaban a la población por un conducto formado por atanores, vaciándose en el depósito o caja central construida en el sótano del edificio del pósito, situado dicho sótano en la calle La Fuente, que de aquí toma su nombre, esquina de la Plaza de San Pedro. De este depósito partía un caño que surtía el Convento de Religiosas Agustinas de esta ciudad y al vecindario en la fuente pública situada en la Plaza de las Monjas. En tiempos más antiguos, otro ramal surtía un depósito que existió en la calle Palacio y, en la misma época, otro caño llegaba hasta la Plaza de la Merced.

Termina contando que las aguas, impregnadas de sustancias calcáreas y magnesianas, obstruyen con facilidad la cañería y, de tiempo en tiempo, se hace necesario limpiar sus sedimentos.

Si en tiempos pasados, como indicaba Lorenzo y Leal, las aguas del acueducto del Conquero se habían derramado generosamente por los distintos barrios de la ciudad, lo cierto es que antes de comenzar el último cuarto del siglo XIX, precisamente cuando la población empezaba a despegar al calor del desarrollo minero de la provincia y sus necesidades cuantitativas y cualitativas aumentaban exponencialmente, las fuentes se habían ido secando progresivamente: primero, la de la Plaza de las Monjas, después la de la Plaza de San Pedro, cuyo depósito hubo de ser abierto para poder acceder directamente al agua.

Naturalmente, esta dramática merma del suministro debió ir acompañada de un grave deterioro de la calidad del agua y, en muy corto plazo, acabaría repercutiendo sobre el estado de salud general de los onubenses. Bien podría atribuirse al deficiente funcionamiento del acueducto la sorprendente elevación de la mortalidad provocada por las enfermedades digestivas -sin duda, directamente relacionadas con la potabilidad de las aguas- que, de una recortada tasa del 2´3 en el quinquenio 1841-1845 pasaron al 21´6 en los últimos años del siglo XIX.

En este contexto, surgirían los primeros intentos de algunas empresas privadas de dotar a Huelva de una red de abastecimiento más completa y regular que desplazase el agua desde los acuíferos de la ribera de Nicoba hasta los domicilios particulares de aquellos que lo solicitasen.

Con todo, la mayor parte de las iniciativas administrativas seguían centradas en la restauración del acueducto y el Ayuntamiento persistía en su deseo de recuperar convenientemente el flujo de agua en las fuentes públicas de la ciudad. Que estos trabajos comenzaron a dar fruto difícilmente puede cuestionarse, si juzgamos como señal de que el agua venía manando abundantemente el que se realizaran obras de mejora en la Fuente de la Plaza de San Pedro en 1894, o que se iniciara, un par de años más tarde, la construcción de otros dos surtidores en la calle Puerto y en la Plaza de San Francisco.

Los medios de comunicación de entonces reclamaban atención y limpieza para el acueducto y reconocían que éste se había convertido para los onubenses en algo desconocido y misterioso.

Obviamente, la siempre flaca memoria colectiva iba apartando las antiguas galerías de su acervo a medida que el pueblo conseguía su suministro de agua mediante los pozos o las acometidas de las empresas privadas.

Que los hortelanos sellaban las galerías o las perforaban para su propio aprovisionamiento se sabía desde antiguo. Las nuevas obras tan sólo contribuían a demostrar, una vez más, que esta apropiación furtiva de las aguas había causado un gran perjuicio a la ciudadanía, sin que la administración municipal hubiera adoptado las medidas idóneas para impedirlo.

A punto de encarar el siglo XX, la ciudad de Huelva, poblada ya por más de 20.000 habitantes, requería bastante más caudal del que podía recoger y conducir el viejo acueducto del Conquero. Éste podría cubrir, en el mejor de los casos, parte del suministro doméstico, pero la realidad es que una ciudad en expansión, ansiosa de progreso y con proyectos de futuro necesitaba una red de abastecimiento mucho más compleja y moderna.

En 1897, los periódicos de la localidad denunciaban el uso industrial de las aguas del acueducto, que, consentido por el municipio, restringía el consumo de la ciudadanía a sólo dos o tres horas por la mañana. Se exponían así las privaciones a que seguían sometidos los onubenses, pero además, por vez primera se establecía una relación directa entre la existencia del agua y el progreso de la localidad.

"Sin agua, es imposible que los veraneantes de otras provincias acudan a Huelva", comentaba La Provincia en el verano de 1897. Así las cosas, ya no se trataba sólo de satisfacer una necesidad vital, sino también de utilizar la riqueza y potabilidad de las aguas para estimular el desarrollo económico y social de una Huelva que miraba esperanzada hacia el futuro.

Aunque en 1898 comenzó a barajarse la sustitución de la vieja cañería que unía la Fuente Vieja con la de la Plaza de San Pedro por una tubería de gres de mayor diámetro, ésta no se colocó hasta 1906. Entre ambos años, no obstante, volvió a repararse el pozo de la Soledad y se construyeron nuevas fuentes artesianas en Las Colonias o la barriada de Pozo Dulce.

SIGLO XX

Desde que comenzó el siglo XX, las inversiones del municipio se dedicaron a prospectar y elaborar un nuevo sistema de suministro que garantizase un abastecimiento de agua estable y abundante para la población, ocupándose tan sólo ocasionalmente de efectuar alguna mejora imprescindible en los aledaños de la Fuente Vieja.

La culminación del abandono

En este sentido, apenas entrado el año 1916, se sufragarían algunas labores para consolidar la parte de los Cabezos del Conquero situada sobre la fuente en atención a los daños que podría ocasionar su derrumbamiento sobre los numerosos vecinos que continuaban acudiendo al lugar en busca de agua. Se trataba de gente humilde que no podía abonarse a las nuevas compañías suministradoras que, a cambio de una suma nada despreciable, hacían posible el prodigio de tener un manantial permanente dentro del propio hogar.

Poco después, a medida que se iba consolidando y extendiendo la nueva red de abastecimiento de agua en Huelva, el viejo acueducto romano del Conquero fue progresivamente abandonado y olvidado, hasta llegar a la situación actual de absoluto desuso.

De hecho, de los varios kilómetros que se calcula que tenía, actualmente sólo queda en relativo buen estado un tramo de unos 125 metros en la zona de la Fuente Vieja.

En nuestras manos está luchar por el completo estudio, rehabilitación y puesta en valor de este magnífico acueducto que durante tantos siglos garantizó el permanente abastecimiento de agua a los ciudadanos de Huelva.

Si quieres más información sobre cómo participar en esta tarea, visita la página de la Plataforma Parque Moret, que aglutina las reivindicaciones ciudadanas en torno al Pulmón Verde de Huelva.

Fuente:
El Agua en la Historia de Huelva
Empresa Municipal de Aguas de Huelva, 1996